
La historia de Bogotá también se ha construido a partir de iniciativas comunitarias que han buscado mejorar las condiciones de vida de sus habitantes. Una de ellas es la Obra Minuto de Dios, cuyo origen se remonta a 1957, cuando Rómulo Torres llegó a ser el primer residente de un barrio que comenzó con la proyección de 70 viviendas, bajo el liderazgo del padre Rafael García-Herreros, y que con el tiempo se convirtió en un referente de desarrollo social para Colombia.
Este proceso fue más allá de la construcción de casas. Alrededor del barrio Minuto de Dios surgió una red de instituciones y proyectos dedicados a la educación, la cultura, la evangelización, la innovación, el emprendimiento, la comunicación y la atención social. Con el paso de los años, estas iniciativas consolidaron una obra que trascendió los límites de Bogotá y extendió su labor a distintas regiones del país.
En una nueva emisión de Renovación Social Sostenible, se destacó el papel de la capital como escenario donde nació y se fortaleció buena parte de este trabajo. Desde Bogotá se desarrollaron experiencias de intervención comunitaria que posteriormente llegaron a departamentos y municipios, con programas orientados a responder a las necesidades de las poblaciones más vulnerables.
La dimensión de esta labor se refleja en acciones como la entrega y el mejoramiento de más de 70.000 viviendas, el fortalecimiento de procesos educativos y la atención a comunidades afectadas por emergencias humanitarias. A estas iniciativas se suman programas de desarrollo rural, generación de empleo, emprendimiento y acompañamiento comunitario que mantienen vigente el propósito social de la organización.
Uno de los modelos que busca consolidar esta atención integral es el de las Casas Minuto de Dios. Durante el programa, Jessica Tique, trabajadora social de la Corporación Organización El Minuto de Dios, explicó que estos espacios permiten articular diferentes servicios institucionales para responder a las necesidades de las familias desde una perspectiva integral.
La profesional señaló que las Casas funcionan mediante un modelo de gestión de caso que contempla acompañamiento psicosocial y espiritual, orientación para acceder a oportunidades educativas, empleabilidad, emprendimiento, vivienda y desarrollo sostenible. La iniciativa, que comenzó en Bogotá, busca extenderse a otros territorios para facilitar que las comunidades reciban orientación y encuentren diversas alternativas de apoyo en un mismo lugar.
La expansión de este modelo también se evidencia en la apertura de la Casa Minuto de Dios Paseo Villa del Río, ubicada en el sur de Bogotá. Este espacio busca acercar la oferta institucional a las familias de Ciudad Bolívar y Bosa, reducir las barreras de desplazamiento y facilitar el acceso a oportunidades de formación, empleo y fortalecimiento comunitario.
Como parte de esta estrategia de acercamiento a la ciudadanía, el programa anunció una feria de servicios que convocará a las organizaciones de la Obra Minuto de Dios y a aliados públicos y privados. El encuentro busca facilitar el acceso de las personas a programas de bienestar, educación, emprendimiento y vivienda, mediante una oferta articulada que responda a las necesidades de la población.
La trayectoria de la Obra Minuto de Dios demuestra cómo una iniciativa habitacional puede convertirse en un proceso de transformación que integra múltiples dimensiones de la vida comunitaria. Su evolución, desde las primeras viviendas hasta una red de programas sociales y educativos con presencia nacional, refleja una apuesta por construir oportunidades a través de la solidaridad y el trabajo colectivo.
En el marco de los 488 años de Bogotá, Renovación Social Sostenible invitó a reconocer la contribución de esta obra al desarrollo de la ciudad y el legado del padre Rafael García-Herreros, cuya visión continúa inspirando acciones en favor de las comunidades. Una historia que recuerda que la transformación social no depende únicamente de la infraestructura, sino también de la capacidad de las personas y las instituciones para trabajar por el bienestar común, bajo un principio que permanece vigente: que nadie se quede sin servir.