
La transformación de una comunidad no depende únicamente de la construcción de viviendas o de la entrega de ayudas materiales. También requiere educación, oportunidades económicas, espacios culturales y principios que permitan fortalecer la convivencia. Esta visión estuvo presente en la obra del padre Rafael García Herreros, fundador de El Minuto de Dios, quien impulsó en Bogotá un modelo de desarrollo social que hoy puede analizarse a la luz de conceptos como la innovación social, la economía comunitaria y la construcción de ciudades orientadas al bienestar colectivo.
Así lo plantea Hans Schuster, académico e investigador del pensamiento del sacerdote, quien participó en el programa RenovAcción Social Sostenible para explicar cómo las ideas y realizaciones de García Herreros guardan relación con algunas corrientes contemporáneas de la sociología y la economía. Su propuesta partía de una convicción fundamental: reconocer la dignidad humana y generar condiciones para que las personas pudieran desarrollar sus capacidades, participar en la sociedad y construir mejores oportunidades de vida.
El barrio Minuto de Dios como modelo de desarrollo integral
Una de las expresiones más representativas de esta visión es el barrio Minuto de Dios, concebido como un espacio en el que la vivienda se complementa con la educación, la espiritualidad, el arte y la vida comunitaria. Para Schuster, la organización de este entorno permite establecer una comparación con la antigua polis griega, en la que los espacios públicos, educativos, culturales y religiosos cumplían funciones esenciales para la vida colectiva, así como con la concepción de comunidad presente en La Ciudad de Dios, de San Agustín.
“Si nos paramos frente a la Plaza de Banderas del barrio, vemos una disposición del espacio que es una verdadera polis”, explica el investigador. En su interpretación, el colegio representa el espacio de formación; el templo, el lugar de encuentro espiritual; la plaza, el escenario de participación ciudadana; y el teatro y el Museo de Arte Contemporáneo, los ámbitos destinados a la expresión artística y cultural.
Esta distribución refleja una concepción del desarrollo que no se limita a resolver necesidades habitacionales. La apuesta consiste en crear un entorno donde las personas puedan acceder a oportunidades educativas, fortalecer sus relaciones sociales y participar en actividades que contribuyan a su crecimiento individual y colectivo. Desde esta perspectiva, la transformación urbana también puede convertirse en una herramienta para promover la inclusión y la convivencia.
Schuster destaca que el propósito de García Herreros no era mantener a las comunidades en una relación permanente de dependencia, sino facilitar su acceso a mejores condiciones de vida. Como señala el académico: “El proyecto no es tener a los pobres y redentos, sino abrirles de par en par las puertas de un gran adelanto social, sin paternalismo de ninguna clase”.
De la ayuda inmediata a la autonomía de las comunidades
Otro de los elementos centrales del pensamiento de García Herreros fue su apuesta por superar los límites de la asistencia ocasional. Aunque la atención de las necesidades básicas era indispensable, su visión social también contemplaba la creación de oportunidades para que las personas pudieran desarrollar habilidades, generar ingresos y participar activamente en la construcción de su futuro.
Este enfoque permite relacionar su obra con el comunitarismo, una perspectiva que resalta la importancia de los vínculos sociales, la responsabilidad compartida y la participación de las comunidades. En lugar de concentrar las soluciones exclusivamente en el Estado o dejar el bienestar sujeto a las dinámicas del mercado, esta visión reconoce el papel de las organizaciones sociales, las familias, las instituciones educativas y las iniciativas colectivas.
Algunas de estas ideas encuentran puntos de contacto con los planteamientos del economista Amartya Sen, Premio Nobel de Economía, quien ha destacado que el desarrollo debe evaluarse también a partir de las capacidades y libertades reales de las personas. Asimismo, pueden establecerse conexiones con el pensamiento de Manfred Max-Neef y su propuesta de una economía a escala humana, así como con las reflexiones de John Rawls sobre la justicia y la equidad.
Estas relaciones no implican que los autores compartan una misma teoría, sino que permiten examinar cómo distintas perspectivas coinciden en la importancia de superar una visión exclusivamente material del bienestar. En el caso de García Herreros, esa preocupación se expresó mediante iniciativas destinadas a combinar la atención social con la educación, el trabajo y la organización comunitaria.
La justicia social como fundamento de la paz
En un país marcado por décadas de conflicto armado, desigualdad y exclusión, la relación entre justicia y paz constituye otro de los aspectos relevantes del pensamiento del sacerdote. Su propuesta apuntaba a que la convivencia no podía depender únicamente de la ausencia de enfrentamientos, sino que debía acompañarse de condiciones sociales que permitieran reducir las brechas y ampliar las oportunidades.
Desde esta perspectiva, la educación, el empleo y la participación económica se convierten en herramientas para enfrentar algunas de las circunstancias que alimentan la marginalidad. La paz, entendida de esta manera, requiere acciones sostenidas que permitan a las personas construir proyectos de vida y participar en comunidades con mayores posibilidades de desarrollo.
La obra de García Herreros materializó parte de esta visión mediante iniciativas de formación, generación de ingresos y organización colectiva. Las cooperativas, los talleres de carpintería y artesanías, y los proyectos educativos hicieron parte de una estrategia orientada a fortalecer las capacidades de las personas y promover su autonomía.
En el ámbito educativo, esta apuesta comenzó con la creación de un colegio en 1958 y posteriormente se proyectó hacia nuevas oportunidades de formación, entre ellas las que hoy ofrece UNIMINUTO. La educación se convirtió así en uno de los componentes de un modelo que busca relacionar el conocimiento con la movilidad social y la transformación de los territorios.
Una herencia para los desafíos del presente
Aunque expresiones como innovación social, desarrollo sostenible y empoderamiento comunitario adquirieron mayor presencia en el debate público durante las últimas décadas, varios de los propósitos asociados a estos conceptos pueden examinarse a través de las iniciativas promovidas por García Herreros. Su legado permite reflexionar sobre la importancia de integrar las soluciones materiales con la formación humana, la participación comunitaria y la creación de oportunidades.
Para Hans Schuster, estudiar este pensamiento supone reconocer la vigencia de una obra que articuló distintas dimensiones del desarrollo social y que puede aportar elementos para comprender los desafíos actuales de las comunidades. El barrio Minuto de Dios constituye, en ese sentido, un escenario desde el cual analizar la relación entre urbanismo, educación, cultura, espiritualidad y construcción de tejido social.
A 34 años de la muerte del sacerdote, su legado invita a examinar cómo las ideas pueden traducirse en acciones concretas para mejorar las condiciones de vida de las personas. Más que limitarse a la memoria histórica, esta reflexión plantea la necesidad de mantener vigentes los principios de solidaridad, justicia y compromiso con el bien común.
Una de las frases que sintetiza esa responsabilidad es la invitación que dejó el fundador de El Minuto de Dios: “Debemos dejar el mundo mejor de lo que lo encontramos”. Su significado trasciende el recuerdo de una figura religiosa y plantea una pregunta sobre el papel que desempeñan las instituciones y los ciudadanos en la construcción de una sociedad con mayores oportunidades y condiciones de dignidad para todos.